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Viejos vicios, demonios, miedos y... sanación.

Una breve historia de reconocimiento, duelos internos, baño de humildad y esperanza.



Broken Soul por Ana Montoya. Empezada en marzo del 2020.


Después de una jornada larga de no escribir por aquí, regreso con muchos pensamientos y reflexiones que he recolectado las últimas semanas.


Las pasadas semanas volví a caer en un torbellino de agua que succiona hacia el fondo en un hábito que, en el pasado, me servía como combustible; pero que, en el presente, no me permite ser funcional.


A este hábito lo llamo el "ya se me fue la semana (lo dice en Lunes)".

No sé si te ha pasado, pero hay semanas en las que tienes algunos (y repito, ALGUNOS) pendientes o citas programadas y coincide que se repartieron a lo largo de la semana. Luego alguien te dice que le gustaría llamarte y platicar, o te piden una junta de imprevisto. Ves tu agenda y dices... "ok, en jueves aún no tenía nada, puede ser en jueves". Después, recuerdas que hay un mandado que tienes que hacer antes del jueves porque a partir de ese día ya todo el fin no vas a estar disponible porque programaste otras cosas (¿puedes empezar a notar cómo sube mi ansiedad mientras lo escribo?). Me imagino que sabes a dónde quiero llegar.


Las pasadas semanas me recordaron este círculo vicioso en el que solía caer antes. Para pintarte la imagen: Me llegó a pasar, hace unos años, que estaba tan abrumada por organizar mis pendientes por tres viajes que me dio una crisis nerviosa y colapsé en llanto de puro estrés. ¡¡Por planear VIAJES!! Viajes que eran algo que yo quería vivir y que me tenían muy ilusionada. ¿Cuántas personas pueden darse ese lujo?


Y ahí estaba yo, tirada en el suelo, llorando frente a una pared llena de Post-its sin la menor idea de dónde acomodar un corte de cabello.

Puede ser que no te haya pasado a este grado, pero creo que puedes comprender esa sensación de estar al inicio de la semana pensando que ya no tienes tiempo para nada. Es una ironía total porque, si algo nos ha enseñado la pandemia es que, no somos y nunca hemos sido los dueños del tiempo ni del mañana. Esa es una de las principales razones por las cuáles decidí crear este espacio: Un día a la Vez. Para acordarme de respirar y de no dar por hecho que tengo derecho divino al mañana.


Lo que más me hacía contener la respiración durante esos días era que, mientras que los pendientes que llenaban mi agenda eran (por llamarlos de alguna forma) "transaccionales", "administrativos", "transicionales", lo que mi corazón añoraba era utilizar los momentos libres para crear algo.


Pero al sentarme a intentarlo, mi cuerpo se paralizaba y colapsaba. Mecanismo de defensa elegido: agotamiento = dormir.

Ahora, dimensionemos. Estos pendientes consistían en, una videollamada de 1 hora por la tarde, y tal vez un diseño de una imagen que podría tomar 1 hora y media. Salgo del trabajo a las 2pm. Eso me dejaba alrededor de 6 horas para comer y disponer del resto del tiempo como yo quisiera. Sin embargo, mi mente ya había destinado ese día a ese evento de mi agenda por lo que mentalmente estaba bloqueada para hacer cualquier otra cosa creativa. Entonces encontraba cualquier excusa para evitar crear: el piso está sucio, está lleno de trastes el escurridor, los perros necesitan cepillarse, voy a ordenar de nuevo este cajón, etc.


Mis demonios obsesivos son tan brillantes y me conocen tan bien que elegían tareas que no me iban a dejar reconocer que estaba procrastinando o que no estaba siendo "productiva".


"Estoy haciendo mis responsabilidades, así que no es mi culpa que no pueda crear. No estoy holgazaneando" - pensaba.

Y es verdad, no estaba holgazaneando. Pero crear lo que amo tampoco es igual a no ser productiva. Sin embargo, por las mañanas iba al trabajo con un nudo en la garganta, haciendo oración a Dios para tener la valentía de crear algo. Mi psicóloga me dijo muchas veces que el no tener un tabulador de cuántas unidades de ganancia me genera una actividad no quiere decir que esté estancada. Porque no hay tabuladores monetarios que midan los frutos de un avance en tu terapia, o de una meditación, de un paseo al aire libre, de una entrada en tu diario de pensamientos. Y, sin embargo, los frutos de estas prácticas tendrán un derrame en todas las áreas de tu vida incalculable.


Hoy me atrevo a llamar al autor del fenómeno "ya se me fue la semana (lo dice en Lunes)" por su nombre y encararlo con todas las armas que he ido juntando en mi vida y que siguen llegando a mí: Ansiedad. La madre de mis estragos y angustias. La más poderosa arma de autodestrucción. La que te convence de que si admites que la tienes, entonces es real y por eso la silencias y de ahí se alimenta, de esa negligencia de atenderla.


Tengo miedo. Miedo de admitir que tengo ansiedad y que no se va por haberla tratado un tiempo. Miedo de aceptar que no es un proceso lineal. Y, en este caso, miedo de atreverme a decirme que soy creadora o artista por crear arte y no porque ese arte tenga el nivel de perfección que quiero que otros reconozcan en mí (atribuyo esta frase que desmanteló todas las paredes que mis demonios construyen para aislarme a la escritora Ashley C. Ford que la dijo en el podcast de Unlocking Us de Brené Brown).


Ayer, en otro intento por evitar enfrentarme a la pluma, papel o pincel, se presentó la oportunidad de hacer un arreglo a mi patio trasero. Así que, naturalmente, me lancé a hacerlo agradecida de tener una excusa para no crear. Labré un pedazo pequeño de tierra árida, rocosa y comprimida por unas 4 horas. Desenterré una piedra de unos 5 kilos con un pico y alrededor de 30 kilos de escombro. Cargué y vertí bultos de tierra nueva. Monté sola unos rollos de césped que al llegar a mi casa se tuvieron que cargar entre dos personas. Dividí, corté y limpié con mis manos descubiertas las raíces agachada en el suelo por al menos otra hora. Mientras hice todo esto solo pensaba "picar, escarbar, remover, cortar, cargar, limpiar". Absolutamente nada más. La meditación en su estado más puro. Terminé hecha un trapo, pero sentía que de mí salían rayos del mismo sol. Me sentía invencible. Me estiré para restaurar mi cuerpo entumido y tomé un baño caliente con la luz apagada y una vela aromática para celebrar mi victoria y recompensar a mi cuerpo por ser capaz de cosas que nunca imaginé posibles para mí.


Hoy me siento a escribir este pensamiento, aún con miedo, pero con la certeza de que soy más fuerte que mis miedos. De que soy una fuerza de la naturaleza y que las cosas que me frenan están en mi cabeza y no en el mundo real. Mi cabeza, la misma que es capaz de razonar sobre por qué mi voz interior está siendo absurda, dramática y fuera de proporción es la que puede silenciarla. Pero estos días me doy cuenta de que a veces el cuerpo solo se tiene que mover sin preguntarle a la cabeza. A veces la divinidad de nuestro cuerpo sabe mejor el camino que nuestra mente sobre-calculadora.


Así que hoy me doy permiso de que mis dedos se muevan sin preguntarle a mi cabeza si lo que hago es una buena idea.



DISCLAIMER: De ninguna manera pretendo decir que solo con un día de actividad física o con pensamiento mágico se trata la ansiedad ni ninguna otra enfermedad mental. Conozco mis límites y sé los indicadores en mí que sugieren un tratamiento psiquiátrico. Por lo que, procuro tener alertas previas a este punto que determinan que necesito hacer ajustes en mi vida para tratar mi condición desde un enfoque natural y holístico. Reducir cafeína, cambiar alimentación con ayuda de un profesional, tratamiento prostético para relajar la mandíbula, ejercicio, hidratación, meditación y aplicación de técnicas prácticas obtenidas en terapia. Si sientes letargo excesivo e incapacidad de hacer funciones que antes considerabas sencillas, consulta a un profesional de la salud física y mental.

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