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Lo Que Odio De Roma

Llegó el día: El día en el que la luna de miel con la ciudad más romantizada del planeta termina.



¿Cómo es posible, Anii, que ya hayas encontrado cosas detestables en esta ciudad tan mágica? Pues ya saben lo que dicen: Si quieres conocer bien a Andrés, vive con él un mes. Y, se podría decir que este "Andrés" y yo ya llevamos varios encontronazos.

 

Y, es verdad, la gloria de esta ciudad es tan indiscutible que te hace pasar por alto casi cualquier aspecto negativo de la misma. Es por eso que lo que odio de Roma no tiene tanto que ver con Roma, en sí; sino, más bien con uno de los aspectos de vivir en una ciudad como Roma: una capital, sobrepoblada, con recursos y espacios limitados. Estoy segura que lo que sea que estás imaginando, no va a ser mi motivo de enojo jajaja.

 



Es probable que este tema se extienda a más capítulos pero el día de hoy quiero enfocarme en uno de los más agravantes para mí: NINGÚN LUGAR TIENE SECADORA DE ROPA. Así es, en los 6 apartamentos diferentes en los que estuvimos, ninguno tenía secadora.

 

Ya sé lo que estás pensando: "¿qué?! ¿Eso es todo? Qué dramática! No es para tanto…" Pero déjame decirte que estás muuuy pero muy equivocadx.

 

Te pinto la imagen:

 

Llegas de tu día muy cansado, ya no tienes que ponerte porque aquí hay muy poco espacio para almacenar tu ropa, así que, de lo poco que traes ya usaste la mayoría y toca lavar.

 

  1. La lavadora es diminuta y se tarda siglos, así que tienes que hacer un montón de cargas para todo lo que necesitas lavar.

  2. NO HAY SECADORA. Deja que esa realidad se asiente un poco. Ok… sí, vamos a tender todo. Mhm… no hay problema.

  3. ¿Dónde vamos a tender todo? Excelente pregunta. Qué tal si lo hacemos en el diminuto balcón que tiene el diminuto apartamento. Ok perfecto. Eso es si el apartamento tiene dicho balcón, si no, tendrá que ser dentro.

  4. Tenemos un tendedero plegable donde cabe exactamente 1 sola de las cargas que acaba de salir de lavar. Eso quiere decir que tenemos hasta que la próxima carga salga para que se seque todo esto. De lo contrario, la línea de producción se atora y lo que tienes que lavar debe esperar.

  5. No hay problema, la siguiente ropa sale en… 6 horas(wtf!?)… seguro es tiempo suficiente. El único problema es que en este invierno el sol llega a tu tendedero por tal vez 3 horas, la humedad está en 70% o llueve, y en tu tendedero no hay suficiente espacio para que se oree la ropa.

  6. Entonces, cuando sale tu siguiente carga, toda tu ropa SIGUE MOJADA, no tienes espacio para colgar la siguiente, y tú SIGUES SIN TENER ROPA LIMPIA PARA VESTIRTE.

  7. Solución temporal, dejarla toda la noche.

**plot twist… serenó toda la noche… la ropa sigue húmeda.

 


Foti di Foto di Sander Sammy, Brody Childs e Jagoda Kondratiuk su Unsplash


Repite este proceso por cada carga. Para cuando termina de secarse todo, YA TOCA LAVAR DE NUEVO. Y si tienes un vecino como el mío que prende leña TODAS LAS NOCHES.. No solo sigue húmeda, sino que además tu ropa recién lavada HUELE A HUMOOO

 

AAAAKAHDKAHSDKJASHJKHAA!!!!!!

 

Entonces, imagina mi vida, cada mañana recitando a mi (no culpable) esposo una tesis de porqué las secadoras justifican su precio, su espacio, su uso de energía mientras doblo furiosa el sports bra y los dos calcetines que lograron secarse.

 

"¿Cómo pueden vivir así!? ¿Quién tiene tiempo para esta interminable rutina, es una forma sádica de esclavitud? Aquí cabe una secadora, acá cabe perfectamente una lavadora más grande. ¡Alguien por favor explíquele a estos italianos que la liberación está a su alcance!"

 

Todos los días vivía un huracán interior (y, francamente, exterior) en el que quería encender en llamas toda mi ropa y comprarla de nuevo. No es que hubiera servido de nada, porque para incendiarse necesita estar ¡SECA!

 

Pero hoy es diferente. Puedo sentirlo. Porque llevo un par de semanas haciendo experimentos y creo que por fin encontré un ritmo. Pues, entre que ya no me espero hasta que toda mi ropa esté de rehén en el cesto de ropa sucia, que puse una cuerda de lado a lado en nuestro espacio exterior para las cosas que retienen más humedad, y que meto el tendedero por las noches para evitar el humo y el sereno, ya no me siento esclava de esta rutina.

 

Y es que hoy por fin entendí. Ese discurso y ese revuelco que sentía hirviendo en mi piel no era más que un berrinche. Pero no un berrinche cualquiera, uno de esos que como adulto debemos reprimir porque ya no podemos tirarnos a patalear en el super cada vez que no se hace nuestra voluntad. Y, hoy por primera vez en dos meses, puedo ver esta escena de mi vida con gratitud.


"Qué pasa, Anii? Por qué te molesta tanto y tan profundo este tema? ¿Qué es lo que realmente estás resistiendo?"

 

Y entonces me di cuenta de que mi berrinche esconde algo más. Cuando vivía en Monterrey, podía permitirme el lujo de vivir semanas sin necesitar lavar por la caprichosa cantidad de ropa que tenía para rotar. No solo era privilegiada en espacio para tener una lavadora y secadora de gran capacidad, ni de contar con una casa que no necesitaba que desconecte todos mis electrodomésticos para que no se bote la pastilla cada vez que toca lavar, sino que podía permitirme no hacerlo con frecuencia porque tenía suficiente ropa para vestirme por meses (si así lo quisiera) sin necesitar lavar.

 

Esa asimilación me cayó sobre los hombros como una suave neblina que cubre una ciudad: Lento y silencioso, pero imposible de ignorar.

 


Foto di Alexandra su Unsplash

Por eso, hoy estoy doblando mis calcetines, por primera vez en dos meses, sintiendo una profunda gratitud. Gratitud por lo que tuve y por lo que hoy es más que suficiente. Pues no solo tengo suficiente ropa aquí con una fracción de mi closet, sino que me siento más creativa que nunca eligiendo qué ponerme. Gratitud por la humildad de hacer reverencia al don de la energía teniendo que desconectar el pino y el microondas cuando quiero lavar y encender el horno al mismo tiempo. Gratitud por los recursos para lavar, gratitud por las pausas para doblar y por la sabiduría de administrar mejor el tiempo. Gratitud por trabajar en equipo con el estado de ánimo con el que se levanta el planeta y acomodarme yo a sus planes, no hacer que él quepa en mi comodidad.

 

No sé si pueda ser fiel a estas lecciones por siempre, pues todos los días extraño mi secadora, y soy consciente de que todas las etapas de la vida demandan cosas diferentes, pero, al menos por ahora, me arropo en la cálida idea de la paz en la suficiencia (let that sink in), que trasciende y se impregna mucho más allá de solo este episodio de yo contra la lavandería.

 

Y tú ¿en qué áreas de tu vida puedes encontrar más plenitud con menos cosas? Piensa en tus corajes habituales ¿Qué berrinches de adulto te vienen a la mente? ¿Qué crees realmente que estás reclamando? ¿Cómo podemos hacerle espacio a esa versión de nosotros sin consentir todos sus caprichos?

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