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El dilema del profesionista en pandemia

¿Cómo ser auténtico y fiel a tus ideales en medio del caos?


Hola amiguis, me siento muy conmovida de estar de regreso después de una pausa significativa de escribir en este espacio. Como ya les había platicado en el último post, han sido semanas de mucho cuestionamiento y parálisis creativa. No lo llamo bloqueo porque no culpo a la musa que “no desciende”, sino a mis propios pensamientos que, como adolescente después de la primera cita, no se atreven a llamarla. Quiero agradecer a mi ángel de esta semana que, con un pequeño empujón, me motivó a retomar las páginas. Gracias, JP. Es colega en la docencia y para quien está dirigido este pensamiento junto con mis otros colegas. Este sábado pasado celebramos a todas las y los soldados que forman desde la trinchera a los seres humanos que ocupan las naciones, dirigen empresas, salvan vidas, pactan acuerdos y mandan cohetes al espacio. Y para quienes me faltarían palabras y espacio para poder elogiarlos como se merecen. Esta fecha me hizo pensar en algo que ha estado en mi cabeza dando vueltas desde hace ya un año.


Así que el post de hoy, aunque tiene mucho lenguaje de educación, creo que nos puede llegar a todos de alguna manera, ya sea como empleadores, como padres, como amigos o como humanos.

Desde que encontré mi lugar en la enseñanza, hice un voto de ética laboral inquebrantable sobre el rigor académico, la exigencia, la disciplina y la importancia de ser aliada pero estricta. Esto lo hice pensando en el bienestar del estudiante antes que en mi relación con este, por mucho que a veces desee tomar el camino fácil (que de fácil no tiene más que los primeros 5 días de clase). Se podría pensar que esto me hace el elemento ideal para una institución de enseñanza. Sin embargo, irónicamente, hizo que mi filosofía fuera increíblemente incompatible con las expectativas del maestro en el mundo de hoy.

Lo último que quiero es sonar como una generación dolida y herida por las nuevas al decir que “ahora vienen bien mal” jajajaja, porque no es tan simplista como eso.

Lo que sí es verdad, es que, crecer como humanidad en temas de salud mental, apertura a emociones contradictorias, aceptación de identidad y de diversidad de opiniones, culturas y grupos no viene sin dolores de parto. Después de cientos de años de ignorancia, negligencia mental, represión, rechazo y deshumanización, cambiar patrones de conducta implica una curva de aprendizaje empinada y un constante recalibrar cuando nos inclinamos por extremos en el proceso. Es decir, cambiar para bien, no significa que no va a haber representaciones radicales o desviadas del propósito de ese cambio. Estos tropiezos naturales del cambio social no deben desincentivarnos de seguir intentando ser mejores. Sin embargo, uno de los extremos del cambio social ha impactado la educación, convirtiéndola en un espacio con muy poca tolerancia al fracaso, en el que, debido a muchos intereses administrativos, de captación de alumnado, estatus y prestigio, los maestros con principios fundados en integridad y rigor viven contorsionándose para complacerlos a todos. Me explico: quiero más prestigio y mejor nivel académico, entonces, el rigor académico es perfecto ¿cierto? Falso. El alumnado, los padres de familia y los directivos se quejan con gran estruendo de esta exigencia desmedida e irracional que desmotiva a los estudiantes y ocasiona deserción. *Suspira y mano a la cara*.


Este fenómeno desencadena una presión con la fuerza de múltiples ríos que desembocan en un solo lugar: El docente.

Amiguis, profesores, shot si te ha pasado: “Carga menos la mano”, “pon mínimo 18 actividades de este recurso”, ”¿por qué ponen tantas actividades?”, “documenta TODO lo que haces y súbelo hoy”, “cambio de planes, junta en 5 min”, “¿por qué no has subido tus evidencias?”, “una calificación no define el aprendizaje”, “¿por qué tienen esa calificación en tu salón?”. ¿Sigues sobri@?


Si no eres docente, pero eres Godinez, estoy segura que encontrarás tu traducción :P Este constante vaivén, sin embargo, no es lo que me ha estado causando un conflicto interno en este último año de aprendizaje a distancia. Es natural que los docentes que simpatizan con el voto que yo les platicaba al inicio sientan que es una cuestión de honor mantener sus estándares de exigencia cuando los diferentes grupos de presión más los sacuden. Y en reuniones con mis colegas escuchaba estas frases que me he oído decir a mí misma montones de veces: “Me niego a ceder en esto”, “No ha entregado nada, no puede pasar la materia así”, “Mi materia es tan importante como otras”, “quieren que se lo acepte tarde”, etc. Durante esta pandemia he escuchado historias que me han hecho reflexionar mucho sobre lo que es verdaderamente importante en este tiempo de tantos retos y miedos. Nunca creí que llegaría el día en el que diría:


"Hoy lo académico no es lo más importante y no se va a caer el mundo si no reprueba este ciclo por mucho que se lo haya 'ganado'"

*Grito ahogado y mano al pecho de todos mis colegas #perros*. Ya sé, ya sé; parece que ahora sí me volví loca. Pero es que esta realidad es un escenario que jamás pude anticipar en las cláusulas de criterio del profesor. Así como, en su momento, no pude anticipar lo que un profesor debe hacer con un estudiante- que no puede entregar sus trabajos porque está ausente en sus quimioterapias. ¿Ves a dónde quiero llegar? Todos los ejemplos siguientes son de primera mano. Este año conocí un estudiantes que veía la escuela como un refugio donde no tenía que rodearse todo el día de las peleas de sus padres; quienes lo llegaron a hacer incluso frente a sus maestros soltando gritos y azotando puertas durante una clase en línea. Por si la angustia no fuera suficiente, ahora se le añade vergüenza y humillación. Conocí a una mamá de 4 niños, quien también es maestra y tuvo que pagar dispositivos para tres de ellos, una niñera para su bebé, una tutora que los acompañe (ya que sus clases interfieren con las de ella), internet que soporte las clases de todos; adaptó un espacio físico aislado para permitirles concentrarse a cada uno mientras ella se va a otra casa para poder dar sus clases. Conocí a madres con niños con discapacidad intelectual que interrumpieron terapias y educación especial que les hizo retroceder terriblemente en el desarrollo de sus hijos. Todo esto sin mencionar la crisis económica y de salud que se ha vivido en las casas de todo el mundo desde que empezó esta pandemia. Fue ahí donde pensé, mis prioridades no hacen sentido.


¿De verdad seguimos creyendo que ese ensayo de 6 cuartillas o ese reporte es urgente?

Esta crisis global les va a enseñar a nuestros alumnos, y a toda la humanidad, lecciones mucho más importantes y urgentes sobre resiliencia, generosidad, creatividad, solidaridad y sencillez que las que habríamos enseñado en todo el año en el aula. Sin mencionar el sostén y acompañamiento psicológico que vamos a necesitar como generación para recuperarnos de este trauma global. Creo que hoy es un buen momento para hacer un recuento de aquello a lo que el hemos dado nuestra energía y valor en este año de educación a distancia; para abrazar la realidad y buscar conectar con los corazones detrás de las pantallas en lugar de perder la cabeza por el rigor académico/laboral y la insolencia de no comprender el trinomio cuadrado perfecto. Esto se tradujo para mí en más minutos al inicio de cada clase para preguntar realmente cómo están sin cerrar la puerta a ninguna respuesta. Se tornó en aceptar trabajos tarde, en ser significativamente menos exigente a la hora de evaluar y en enfocarme lo más que podía en el cómo sí.


No creas ni por un segundo que esto no me vuelve loca.

Pero me reconforta saber que, si bien todos daremos un freno importante a las revoluciones con las enfatizábamos lo académico y profesional, estamos acelerando de manera exponencial nuestra capacidad de ser humanos, sensibles, que sangran, que no se guardan su sufrimiento y que están desesperados por CONECTAR de nuevo. Algunos, tal vez, de conectar profundamente por primera vez. Colega de mi corazón, ten fe. Estos son dolores de crecimiento no de agonía.

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